Los paisajes incompletos. David Armengol, 2020.

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Los paisajes incompletos

Ja torno a ser a l’altiplà, després d’haver-hi estat donant

tombs igual que fa un gos per veure si és un bon lloc. Crec que sí

que ho és, i m’estaré per aquí dalt una bona temporada.

Nan Shepherd

Aunque un buen artista pueda sacar partido de un acceso artificial

a la montaña, en realidad, solo de quienes estuvieran en posesión de

ese conocimiento total de la montaña – de lo bajo y lo alto, con entrega –

podría partir una respuesta artística de verdadero fondo.

Eduardo Martínez de Pisón

Hablar de paisaje a través de la práctica artística de Llorenç Ugas Dubreuil supone, de entrada, hablar de la intensidad de la experiencia in situ. Pese a que su obra formalice mediante fotografías, esculturas o instalaciones dispuestas en un espacio expositivo, el eje central de sus propuestas siempre gira en torno a largos procesos de trabajo desarrollados directamente en la naturaleza; o, al menos, en lo que queda de ella tras nuestro paso. Y ahí surge una condición postromántica que define bien su conexión con el paisaje. Por un lado, nos encontramos con la fascinación por la montaña, los mares, los bosques, con la búsqueda de una comunión esencial con el lugar natural; por el otro, su mirada crítica agrega un estado de consciencia que denuncia los excesos de la imposición humana sobre la naturaleza. Dicho de otro modo, su aproximación al territorio depende en todo momento de un extenso tiempo de dedicación que le permite recorrerlo, reconocerlo y reivindicarlo.

Por este motivo, me parecía adecuado iniciar este texto con dos citas de personas especialmente curtidas en la vivencia del paisaje. En primer lugar, la escritora Nan Shepherd, que dedicó su vida a recorrer y a narrar las montañas escocesas en las que nació a finales del siglo XIX, la cordillera de los Cairngorms, y que plasmó toda esta vocación en su maravilloso libro La montaña viva1. En segundo, Eduardo Martínez de Pisón2, escritor, montañero y gran defensor del valor de la experiencia directa ante la lectura artística del territorio. En ambos casos, así como en la obra de Ugas Dubreuil, el hecho de estar en los sitios es lo que permite poder hablar en profundidad de los sitios. Y esto siempre va a fusionar el trabajo y la vida; es decir, va a desdibujar los límites entre aquello a los que nos dedicamos y aquello que somos.

Aunque me aleje peligrosamente del tema, todo esto me hace pensar en una película que nada tiene que ver con la naturaleza. Se trata de Up in the Air, dirigida en 2009 por Jason Rietman, y protagonizada por George Clooney. El film cuenta la historia de un tipo que se gana la vida viajando por Estados Unidos despidiendo a gente de empresas en las que él no trabaja. Más allá de la trama, lo que me interesa destacar aquí es el hecho de que el personaje vive, literalmente, en los aviones. De hecho, en un momento del film, American Airlines le hace entrega de la tarjeta de los diez millones de millas, un club selecto al que no accede casi nadie. Dicha tarjeta forma parte de la ficción, y no existe en realidad, aunque sí otras parecidas. No obstante, lo que sí existe es el privilegio para aquel o aquella que ha decidido vivir en los aviones. No puedo evitar relacionar esa tarjeta de los diez millones de millas con los diez mil kilómetros caminados, corridos o nadados por Llorenç Ugas Dubreuil en la naturaleza. En cierto modo, podemos pensar que el artista ha decidido vivir en el paisaje. Y eso, más que una afirmación metafórica, es una constatación de sus vivencias en el territorio.

Si revisamos los proyectos que el artista ha desarrollado en los últimos años, nos damos cuenta que Ugas Dubreuil no ha parado de caminar por paisajes naturales de índole diversa. Pese a la pluralidad de lugares que le interesan – desde montañas y valles boscosos hasta zonas de costa – existen conexiones precisas entre todos ellos: las tensiones generadas por la presión humana sobre el lugar, convencida de sacar un rédito económico que acabará desfigurando y borrando la entidad natural del territorio. En esos momentos en los que la naturaleza desfallece a favor del turismo o el urbanismo es donde él sitúa el objetivo de su cámara. Y me refiero inicialmente a la fotografía porque es la base de su trabajo, aunque el propio caminar expanda sus recursos hacia el objeto y la ambientación siempre desde una voluntad procesual y – casi – performativa.

El uso del término “performativo” no implica aquí definir a Llorenç Ugas Dubreuil como un performer, pero, en cambio, sí permite señalar la importancia que el desarrollo de una acción temporal tiene en su obra. Podríamos decir que su trabajo se enmarca en cierta performatividad del paisaje, donde el artista, mientras camina – solo, sin audiencia – activa los lugares mediante unos tiempos que luego van a sintetizarse y a narrarse en la sala de exposiciones. En esa intimidad del caminar reside la potencia de su trabajo, y también su sentimiento ante la naturaleza. Y aunque parezca extraño hablar de sentimientos, las relaciones afectivas y anímicas con los lugares están muy presentes en su obra. Esa misma capa sentimental, ese “a flor de piel”, es la que convierte su práctica artística en una suerte de activismo poético dotado de una alta capacidad de denuncia.

Un repaso por algunas de sus propuestas recientes nos permite descubrir su metodología de trabajo. En primer lugar, y como ya hemos apuntado, dicho método surge de un interés fotográfico que se mueve libremente entre la voluntad documental y la manipulación subjetiva de la imagen. En consonancia con las alteraciones humanas que transforman el paisaje, Ugas Dubreuil incorpora un intenso proceso de postproducción digital. Más allá de la forma, la manipulación le brinda una incidencia de orden conceptual. Lejos de perfeccionar el paisaje, dicho proceso le permite insistir en sus imperfecciones.

La alteración digital de la imagen articula series de largo desarrollo como son Black Landscape o Landscape Experience, iniciadas en 2014 y 2017 respectivamente, y aún en proceso en la actualidad. En ambos casos, el artificio visual se convierte en protagonista del paisaje, afectando su significando y señalando la puesta en crisis de su identidad como tal. Las dos series ofrecen una lectura crítica sobre las interferencias a las cuales es sometido un determinado lugar; una pérdida de sostenibilidad que deriva en presencia fantasmal a través de fuertes contrastes de blanco y negro. De este modo, el paisaje adquiere una condición escénica, teatralizada y fingida, donde la luz juega un papel crucial. Mientras en Black Landscape son directamente construcciones intrusas las que resaltan sobre paisajes oscurecidos, casi en desaparición, en Landscape Experience el artista nos ofrece un ejercicio de intervención más abstracto e intangible. Ugas Dubreuil interviene sutilmente algunas partes del paisaje, creando de nuevo un efecto desnaturalizado e irreal; una capa inerte, una cicatriz digital que nos recuerda que el paisaje ya está herido, o que lo estará en breve.

Otra propuesta donde la manipulación se impone como idea la encontramos en Landschaft, una pieza en la que el artista aísla detalles emblemáticos del paisaje natural – una roca, una cima, un árbol, un montículo… – para otorgarles una apariencia simbólica que nos recuerda lo que deberían seguir siendo si la explotación humana no los hubiera fracturado. Pese a tratarse de lugares concretos bien conocidos por el artista, como Ses Covetes y el Coll de la Creueta en Mallorca, Espuí en el Pallars-Jussà o Panticosa en el Pirineo aragonés, la experimentación digital – Ugas Dubreuil sobrepone tres veces la imagen desplazándola unos milímetros – convierte su forma en algo parecido a un dibujo impreciso, donde la imagen deviene trazo. La extrañeza de la imagen-trazo se acentúa además por la presencia de la convención lingüística de la palabra “Landschaft”(paisaje en alemán) en la parte inferior de la imagen, alusión romántica a la construcción cultural de la naturaleza. Al fin y al cabo, es simplemente nuestra mirada la que convierte la naturaleza en paisaje.

Si bien estos tres proyectos definen el trabajo fotográfico de Llorenç Ugas Dubreuil, hemos de tener en cuenta que, mientras camina, mientras avanza, no solo dispara con su cámara, sino que recopila múltiples informaciones mediante un sistema intuitivo y visceral de apropiación del lugar. Como ejercicio de reconocimiento, el artista recoge piedras, materiales y fragmentos del paisaje. A medio camino entre lo literal y lo simbólico, la presentación de dicho material sensible en una galería, un centro de arte o un museo nos permite comprender las problemáticas del territorio. Y aquí me viene a la mente una frase de Roger Caillois3 que siempre me ha fascinado. “Es cuestión de escala. Toda piedra es montaña en potencia”. Potencialmente, las piedras dispuestas por el artista en sus instalaciones son los propios paisajes incompletos que recorre; incompletos por haber quedado atrapados entre lo que eran y lo que son; incompletos por haber perdido su condición primigenia, pero también por ser capaces de reflejar sus complejidades estéticas y políticas desde la actualidad.

En este sentido, Falsa línea de horizonte (2018-2019), 1.760 metros (2018-2019), Proyecto incrustado en el paisaje (2017-2018) o Structure Nº1, Espui (2016-2018) resumen a la perfección su modo a abordar naturalezas afectadas por la presión urbanística y turística a través de la apropiación material. Se trata por tanto de experiencias personales en las que el rastreo del territorio ocasiona pequeños hurtos en el paisaje. De un modo similar al gesto íntimo y cuestionable de llevarnos una roca o una rama a casa para fortalecer el vínculo afectivo con un determinado lugar, sus apropiaciones otorgan una dimensión física y emocional mucho más compleja y versátil a su trabajo. Convertidos en objetos escultóricos, las piedras de Ugas Dubreuil funcionan en sala como testimonios de un lugar en apuros.

En Falsa línea de horizonte, el artista explora la construcción y abandono del controvertido Panticosa Resort en el Pirineo oscense, así como las secuelas que su presencia incómoda deja en el paisaje de la montaña. La instalación muestra, sobre el muro, trece rocas pertenecientes al territorio, mientras una catorceava piedra de grava y cemento, camuflada entre ellas, refleja la inestabilidad y la fragilidad del lugar. Además, a modo de mirador ante un horizonte montañoso, la obra se complementa con una instalación lumínica en el suelo que condiciona nuestro punto de observación. Metafóricamente, el acto de mirar desde la distancia esconde los entresijos de un fracaso inmobiliario de graves consecuencias para el paisaje.

A continuación, 1.760 metros incide en el paisaje natural de la playa de Algarrobico, en el Parque Natural del Cabo de Gata, en Almería, otra zona de fuerte controversia urbanística debido a la colosal presencia del Hotel Algarrobico, abandonado a medio construir en 2003 y claro ejemplo de la destrucción de la costa mediterránea. El título alude a los apenas dos kilómetros que separan la parte sur de la playa y su acceso norte, un camino totalmente condicionado por la presencia del hotel abandonado. Pese a que una resolución judicial dictaminó su derribo en 2018, el edificio sigue ahí, perturbando al paisaje de forma abrumadora. Desde cierto guiño a la escultura minimalista – donde la repetición de un mismo módulo crea un patrón regular – el artista exhibe sobre el suelo de la sala toda una serie de restos y escombros extraídos del hotel. El despliegue ordenado de la ruina conecta así con la experiencia del paisaje de la playa. Lo ajeno se impone transformando el espacio y modificando nuestra manera de movernos por él.

Algo parecido ocurre en Proyecto incrustado en el paisaje (2017-2018), donde el artista ofrece una nueva instalación minimalista a base de piedras que, cromáticamente, transitan desde el rosa al gris. Dicha retícula sintetiza un viaje por el paisaje mediterráneo que parte de Ses Covetes en Mallorca y culmina en la Playa de Algarrobico, en Almería. A modo de muestrario geológico, la instalación incorpora de nuevo un elemento externo, artificial: un bloque de hormigón que desdibuja la armonía natural de la pieza.

Structure Nº1, Espui es otra propuesta instalativa centrada en las presiones del urbanismo sobre el paisaje, y otra ubicación pirenaica especialmente explorada por el artista. En este caso, sus recorridos por la zona de Espuí, en la Vall Fosca (Lleida), tienen que ver con las transformaciones ocasionadas por el proyecto fallido del Vall Fosca Mountain Resort, un complejo urbanístico formado por una estación de esquí, un campo de golf, apartamentos y hoteles situado cerca del Parque Nacional de Aigüestortes. Ubicar semejante infraestructura en el paisaje de alta montaña supuso modificar la fisonomía del lugar para siempre. Se allanaron terrenos, se suavizaron las laderas de las montañas para crear las pistas, se construyó un lago artificial para proporcionar agua y nieve artificial, y luego todo quedó abandonado en 2008. En este caso, la puesta en escena del artista ofrece una aproximación literal a la presión ejercida sobre el territorio. Una serie de bloques de cemento presionan una imagen del paisaje hasta dejarla oculta, hasta hacerla desaparecer. El deterioro del lugar se complementa con tres fotografías polaroid voluntariamente incorrectas. En el momento de su disparo, las cargas estaban caducadas, y por tanto dejaron manchas inesperadas sobre la imagen. Pese a la belleza del entorno, el relato dramático del lugar se sustenta aquí por la incapacidad de ver el paisaje.

En este sentido, la voluntad de ocultar la imagen mediante procesos de objetualización es otra de las constantes en el trabajo de Llorenç Ugas Dubreuil. Desdibujar su representación fotográfica supone un acto de resistencia ante el impacto medioambiental de la acción humana sobre el paisaje. Pienso por ejemplo en 7 kms y 600 metros (2019-2020), un recorrido por espacios naturales entre Blanes y Lloret de Mar afectados por la futura construcción de un nuevo tramo de autopista de acceso a la Costa Brava, pero también en 24 paisajes vacíos y un mapa que los sitúa en ninguna parte (2016-2017), una especulación imaginaria a través del escaneo de piedras de la Vall Fosca y su ubicación sobre un mapa imposible, inexistente pero totalmente preciso en su fantasía. Y esa misma imposibilidad me remite a Lugares al borde de la nada (2018 – en proceso), en este caso un proyecto fotográfico en el que el artista recorta digitalmente determinados paisajes bajo la premisa de convertirlos en no-lugares naturales, en espacios impersonales y sin atributos.

Situados ahora en Tensions, impactes i fissures, su exposición individual en el Museu d’Art Modern de Tarragona, vemos como la puesta en escena nos invita a un diálogo entre trabajos recientes y nuevas producciones realizadas específicamente para la ocasión. La lectura en presente inmediato de su trabajo nos permite comprender los dos ejes centrales de su aproximación al paisaje. Por un lado, la experimentación fotográfica que lo sustenta; por el otro, la carga procesual y performativa de sus vivencias en él. De este modo, los artificios materiales de Black Landscape – convertidos ahora en un gran mural – o las sutilezas casi gráficas de Landschaf, conviven con piezas nuevas que intensifican la vinculación biográfica de Llorenç Ugas Dubreuil con los territorios de tensión crónica entre la naturaleza y el artificio. Así, la exposición retoma sus experiencias en lugares altamente sensibles, como los paisajes de Espuí en la Vall Fosca (Vista discontinua. 2100 metros sobre el nivel del mar, 2020) o la posible autopista entre Blanes y Lloret (Dibuixar una autopista amb el cos, 2020; 5 passos, 2020; o Km 3, 2020), u otras zonas sometidas a presiones similares (Estructura nº 2, Vacarisses, 2020). Y, como es habitual en su trayectoria, Ugas Dubreuil nos interpela mediante el uso de la fotografía, la escultura y la instalación, pero sobre todo a partir de su práctica del caminar por paisajes incompletos, atrapados entre un sentimiento idílico y una explotación abusiva. Diría que su trabajo se centra precisamente en reclamar nuestra atención sobre tales abusos. Y para ello necesita recorrerlos, necesita vivirlos. Y buena prueba de ello lo vemos en la peculiar instalación de algunas sus zapatillas de montaña. En definitiva, un gesto mínimo pero rotundo; horas y horas, días y días, años y años de caminar por el paisaje.

Llegados a este punto, no puedo dejar de pensar de nuevo en el personaje que vive en los aviones en Up in the Air. Mientras él sobrevuela, Llorenç Ugas Dubreuil camina, fotografía y recolecta materiales. Ambos han escogido su forma de vivir, y ya no pueden cambiarlo.

1 Nan Shepherd. La muntanya viva. Edicions Sidillà, 2017 (Pag. 91)

2 Eduardo Martínez Pisón. La montaña y el arte. Miradas sobre la pintura, la música y la literatura. Fórcola Ediciones, 2017. (Pag.23)

3 Roger Caillois. Piedras. Editorial Siruela, 2016.