Arte, superficie y paisaje. Bernat Lladó, 2021.

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Arte, superficie y paisaje. Andando con Llorenç Ugas Dubreuil.

El pasado 27 de junio se clausuró la exposición Todo el que no miras desaparece, del artista y fotógrafo Llorenç Ugas Dubreuil. La muestra, exhibida al Museo de Arte de Sabadell y comisariada por la historiadora del arte Rita Andreu, contó también con la presentación del libro 83.908 pasas, del mismo autor. Un libro coordinado y producido desde La Bibliográfica, obrador de libros artesanales situado en Caldes de Montbui.

La exposición recoge parte de la producción artística de Llorenç Ugas de los últimos quince años, centrada sobre todo en los impactos de la urbanización sobre el paisaje y como estos cambian nuestra percepción y experiencia del mismo. Todas las estrategias que el artista utiliza para manipular las imágenes que se pueden ver a la exposición tienen por objetivo dificultar la comprensión y la lectura del paisaje, evocando de este modo los mismos obstáculos que nos podemos encontrar cuando visitamos y nos movemos in situ por muchos paisajes igualmente sometidos a la presión humana. La manera que tiene Llorenç Ugas de acercarse a estos lugares, pero, no es solo por medio de la captura fotográfica y su posterior manipulación; sobre todo lo hace andando. En este sentido y como el mismo título del libro sugiere, recorrer con los pies el paisaje es por Ugas la mejor manera de establecer una relación más personal y afectiva.

Aun así, pero, si tuviera que señalar la pregunta clave de los diferentes proyectos artísticos representados tan a la exposición como en el libro, diría que está relacionada con como nuestra cultura se ha imaginado la Tierra; o más en concreto, como hemos pensado y concebido el suelo que pisamos. De hecho, yo soy geógrafo, y la cuestión que plantea Todo el que no miras desaparece no solo me toca de cerca sino que me atrevería a decir que, a la postre, es la pregunta inaugural de la Geografía. Hasta el punto que muy a menudo ha quedado ignorada y ninguneada por la propia disciplina. A la mayoría de definiciones que podemos encontrar sobre qué es y que hace la Geografía, en efecto, leemos que esta es una ciencia o un saber que tiene por objeto el estudio, la descripción y la representación de la superficie de la Tierra. Ahora bien, que quiere decir que la Tierra tenga una superficie?

Qué significa entender o concebir el lugar que pisamos o el territorio donde vivimos, como una superficie? Qué consecuencias tiene observar la parte exterior de la Tierra como un «límite» y una «separación» respecto a aquello que hay debajo y aquello que hay encima, que es justamente la definición de superficie? El antropólogo Tim Ingold, que es a quien sigo en esta reflexión, dice que es porque hemos concebido el suelo, el suelo y más en general la corteza terrestre como una superficie, que no hemos tenido ningún inconveniente al pavimentar, urbanizar, encimentar y asfaltar grandes extensiones de la Tierra. Es porque creemos vivir sobre una superficie, es decir, un zócalo, una plataforma o una infraestructura rígida, inerte, sólida, que lo hemos ocupado con artefactos y ciudades estancas.

Quizás la imagen más gráfica para ejemplificar esto sea el mítico juego de ordenador tetris. Cómo sabéis, el juego consiste al hacer encajar una serio de piezas bidimensionales de cuatro bloques que caen por la parte superior de la pantalla; el jugador no puede parar la caída, pero puede decidir donde colocar las diferentes piezas haciéndolas eructar para completar las líneas horizontales. A medida que esto se logra, se eliminan estas líneas, liberando así espacio para poder seguir acumulando más piezas encima. Pues bien, la base del tetris es una superficie, y el juego consiste al construir indefinidamente nuevas superficie (líneas horizontales). En otro contexto esto nos serviría para hablar de la «destrucción creativa», expresión que popularizó el economista Joseph Schumpeter para describir el proceso de innovación en una economía de mercado y que el geógrafo marxista David Harvey trasladó al terreno de los estudios urbanos para referirse al proceso de urbanización capitalista. Con todo, aquí solo nos interesa para subrayar las consecuencias de imaginar el suelo que pisamos como una superficie, como si fuera la base del tetris y como si los objetos y artefactos humanas cayeran del cielo y se hubieran tan solo de encajar los unos con los otros. Mirando algunas de las fotografías de Llorenç Ugas, especialmente la serie Blacklandscape, es cierto que los objetos destacados (hoteles y urbanizaciones a la costa almeriense o al litoral mallorquín; instalaciones frustradas por la práctica del esquí en el Valle Oscuro), parezcan talmente piezas de un tetris a escala territorial.

Es evidente, pero, que el suelo que pisamos no es una superficie, por mucho que lo hayamos urbanizado, pavimentado y nivelado. Antes de que las definiciones más convencionales del que es la Geografía hablaran de esta como el estudio, la descripción y la representación de la superficie de la Tierra, también se utilizaba la palabra faz. Y me parece más acertada porque la faz, la cara o el rostro de la Tierra, como mínimo evocan expresividad. Los paisajes son expresivos; las superficies, no.

La alternativa a la reducción de la Tierra a una superficie plana y homogénea es, por lo tanto, el paisaje; o más en general, esto que Ingold denomina el sistema Tierra-Cielo. A la postre, nosotros no vivimos sobre una superficie (a pesar de que nuestro estilo de vida nos lleva); más bien habitamos en un entorno o en un medio que es la relación entre aquello que pisamos y aquello que respiramos, entre la tierra-abajo y el cielo-arriba. No es ninguna casualidad que la palabra «humanidad» venga de humus, materia orgánica, la parte del suelo que permite el cultivo de plantas. Ser humano quiere decir cultivar. Pero para que haya humus no puede haber separación o límite entre la Tierra y el Cielo. La descomposición de la materia orgánica requiere ciertas condiciones atmosféricas o climáticas.

Es cuando andamos que tenemos experiencia del paisaje – aunque el paisaje haya podido nacer a nuestra cultura como una representación artística. Por eso no es por azar que Llorenç Ugas reivindique el andar como una manera de aprehender el paisaje. Si en el espacio de la exposición Todo el que no miras desaparece se nos muestra sobre todo las consecuencias de haber reducido la Tierra a una superficie de tetris, en el libro 83.908 pasos descubrimos un paisaje que es un paisaje andado, recorrido y narrado. Un entramado de Tierra-Cielo. Porque es sobre todo cuando andamos que notamos que el suelo que pisamos es vivo, orgánico, heterogéneo y cambiante.

Pondré tres ejemplos suficientes conocidos que nos pueden ayudar a entender las consecuencias de concebir la Tierra como una superficie sobre el entramado Tierra-Cielo. Todos sabemos que las grandes ciudades acostumbran a registrar temperaturas relativamente más altas que los territorios circundantes. Este efecto se denomina «isla de calor» y está relacionado, sobre todo, con la mayor acumulación de energía de los materiales de la ciudad respecto a los espacios agrícolas y forestales. También son conocidos los efectos de haber urbanizado parte de las cabeceras de algunas ríos y rieras sobre sus tramos bajos, especialmente durante el otoño y con episodios de lluvias torrenciales. Endurecer e impermeabilizar los suelos altera la escorrentía superficial de los ríos, desorganiza su red y acelera las crecidas; por eso las consecuencias de las riadas, propias de un clima mediterráneo son, no obstante, más imprevisibles y dramáticas. El tercero y último ejemplo, por su parte, está relacionado con el litoral. Muchas infraestructuras y urbanizaciones que podemos ver en las zonas litorales alteran la dinámica de las mismas; aquellas han sido proyectadas cómo si el suelo de estas zonas fuera una plataforma estática y sólida, cuando en realidad la franja litoral es un espacio en movimiento y transformación. La construcción de una «armadura urbana» sobre el litoral (red de transporte, urbanizaciones, equipaciones, puertos deportivos, etc.) es en gran parte responsable de la erosión y la pérdida de las playas.

Estos ejemplos muestran las relaciones físicas y materiales que vinculan el suelo y el suelo con la atmósfera. Podríamos poner otros que escapan a nuestra imaginación por su «profundidad» temporal, como el ciclo geológico del carbono o la tectónica de placas, que muestran igualmente las complejas relaciones entre la Tierra y la atmósfera y, por lo tanto, indican que entre una y la otra, más que una superficie que las aísla, existe una unidad constitutiva. No obstante y para acabar, querría señalar que el entramado Tierra-Cielo también tiene una componente más sensorial, afectiva o emocional. Si concebimos la Tierra como una superficie, imaginamos esta superficie como un espacio neutro; antes ya hemos dicho que las superficies son inexpresivas. Pero los paisajes son expresivos, cambian nuestro estado de ánimo, influyen sobre nuestras emociones. Decimos que la atmósfera de un lugar es inquietante cuando cae la noche y las sombras se alargan; o también que el clima de la reunión fue distendido y agradable. Pues bien, este vínculo afectivo y estético con los lugares, la dimensión atmosférica de los paisajes, es también el que reivindica Llorenç Ugas con su práctica artística, especialmente cuando se calza las bambes y sale a recorre y a pisar el terreno. Por todo ello, la obra de Ugas es profundamente geográfica. Va a los orígenes de la Geografía, a la misma definición de aquello que es y aquello que hace la disciplina. Pose de relevo que haberla entendido como el estudio, la descripción o la representación de la superficie de la Tierra tiene consecuencias importantísimas en la hora de entender por qué ocupamos y nos instalamos sobre la Tierra de la manera que lo hacemos. En cambio, si el conocimiento y la experiencia de la Tierra se hace andando, podemos observar aquello que pisamos no como una superficie, una plataforma dura y estática, sino como un entramado Tierra-Cielo; como un paisaje. Y es aquí donde habitamos los humanos; es aquí donde la vida crece y se reproduce: no en el límite que separa la Tierra de su atmósfera, sino en la interfaz que enriquece una y la otra.

Bernat Lladó i Mas Sabadell, junio del 2021