10.000km sobre la piel del paisaje. Llorenç Ugas Dubreuil, 2020.

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10.000 kilómetros es aproximadamente la distancia que he recorrido nadando en el mar, caminando y corriendo en los últimos años. Esta es la forma que tengo de medir el tiempo que mi cuerpo ha estado en contacto con el paisaje, y a la vez localizar el germen de una gran parte de mis trabajos artísticos. Siempre he pensado que este contacto tan físico con el territorio me ha permitido tener experiencias muy poderosas del paisaje. Entiendo esta experiencia desde un acto que es multisensorial, en el que todos los sentidos leen el paisaje. El territorio se empieza a leer desde los pies, que comprenden cómo es la orografía de los lugares por los que transitamos, y se transfiere al corazón, que late más o menos deprisa en función de los desniveles del paisaje. Este viaje del paisaje a través de nuestro cuerpo se multiplica en muchos parámetros que vienen definidos a través de nuestros sentidos, y en los que comprendemos el territorio no solamente a través de la visión, sino también del oído, el tacto, el gusto y el olor. Este tránsito por el paisaje,comprendido desde esta experiencia tan física y multisensorial del territorio, permite en muchas ocasiones sentirse en sincronía con lo que nos rodea, con los lugares en los que estamos. No he sabido nunca definir con exactitud qué es lo que tienen algunos lugares en los que de repente uno puede sentirse en comunión con lo que le rodea. Tampoco sé exactamente cuáles son las circunstancias perfectas para que estas experiencias tan poderosas de un lugar se desarrollen; pienso que es una suma de cosas intangibles que tienen que ver con nuestro propio cuerpo y con el lugar en el que estamos, parámetros, en algunos casos impredecibles y azarosos, que solamente suceden. Visto desde esta perspectiva, podríamos decir que existe un canal invisible, indefinido, que traspasa los sentidos y que de repente nos sincroniza con las cosas y nos hace vibrar con el entorno. Esta relación tan física con el territorio me ha hecho entender cómo debería ser una experiencia poderosa del paisaje. No sé explicar ni cómo ni cuándo sucede, pero sí sé cómo es;es individual y subjetiva, deja una huella interna muy poderosa y no se puede transferir. No hay fotografía, texto o video que la pueda igualar. Comprender esto y saber lo que estaba esperando del paisaje me ha permitido articular una buena parte de mis series y proyectos artísticos de aproximación al territorio, que se desarrollan en su gran mayoría justo en el otro lado de la balanza, en la certeza de saber que la presión, ya sea urbanística o turística, sobre el paisaje anula la capacidad de sincronía con un lugar.

Este proceso de reflexión y aproximación al territorio me ha llevado a rastrear lugares frágiles, identificar estos espacios de tensión y proponer una relectura en clave crítica de los procesos de transformación del paisaje, en los que la presión sobre el territorio no solamente actúa alterando la morfología de los lugares y modificando sus usos, sino que también altera su percepción.

Entiendo que todo este proceso interno de aproximación, percepción, comprensión y sincronización con el paisaje se interrumpe cuando sobre el territorio ejercemos una presión desmesurada. Esta presión, ya sea urbanística, turística, política o todas a la vez, agrede el territorio y lo aleja de su estado natural. Los elementos civiles que construimos alteran la percepción del entorno en el que se construyen, de manera que, si existía una posibilidad de sentirse en sincronía con un lugar, esta desaparece. La presión sobre el paisaje interrumpe el canal invisible que describía al principio de este texto. Construir no solo cambia físicamente el paisaje de forma irreversible, también cambia la percepción que se tiene de él. Desde hace varios años, trabajo en lugares especialmente frágiles donde ha habido distintos episodios de presión sobre el territorio, y en los que por diferentes motivos el paisaje ha sido transformado, se está transformando o va a ser transformado de forma muy severa. Entiendo que estas transformaciones son inherentes al crecimiento de la sociedad; desde tiempos ancestrales hemos modificado nuestro entorno para adaptarlo a nuestras necesidades, es más, esto ha configurado una buena parte de nuestros paisajes. No es posible parar el desarrollo de las ciudades, las zonas industriales o las grandes infraestructuras del transporte y la comunicación, pero sí que me parece viable cambiar la forma que tenemos de actuar sobre el territorio para hacer su transformación más sostenible y todo lo que de ello se deriva más equilibrado. Me pregunto siempre si los proyectos que se despliegan sobre el paisaje responden a una lógica de necesidades territoriales, o bien a otro tipo de intereses de carácter más privado, o a una mezcla de los dos. No creo que se trate de parar el desarrollo, entiendo que se trata de hacer que este desarrollo sea sostenible y sobre todo respetuoso con nuestro entorno.

Mi trabajo de aproximación al paisaje empieza desde un ejercicio de documentación fotográfica del territorio, me interesa documentar cómo son estos elementos que se construyen y en qué estado están, pero también cómo se relacionan con lo que los rodea, entendiendo que estas construcciones someten y anulan su entorno. Me interesan los elementos que construimos, los materiales que se usan y analizar cómo esta suma de factores afecta a la percepción del espacio que lo rodea. Trabajo siempre en ambas direcciones, identificando la colisión entre lo natural y lo artificial y analizando cómo se percibe el espacio que rodea el conflicto. Todo este conjunto de tensiones y colisiones se transfieren a mi trabajo fotográfico a través de distintas estrategias y pequeños gestos en los que interrumpo, intervengo o altero la representación del paisaje en la imagen, de manera que su experiencia queda siempre incompleta. Construir implica necesariamente cambiar el aspecto de los lugares, cambiar el proceso de evolución natural del territorio y, en definitiva, modificar nuestra forma de relacionarnos con él. Cambiar la morfología de un lugar a la fuerza genera distancias nuevas donde antes no las había y modifica el paso natural por algunas zonas, por ejemplo. Esta idea subyace en algunas de mis últimas instalaciones y esculturas en las que reordeno y mezclo materiales que encuentro en los lugares en los que trabajo, estableciendo conexiones entre ellos y transportando la tensión del paisaje al espacio expositivo. Los materiales que recojo, lejos de su espacio natural, actúan de la misma forma, transforman la percepción del lugar en el que se muestran y generan distancias nuevas y distintas formas de estar en el espacio expositivo. Sin duda, obligan al espectador a moverse de una forma concreta dentro de la sala, igual que ocurre en el paisaje.

En definitiva, mis proyectos abordan y exploran las relaciones físicas y emocionales que establecemos con nuestro territorio y a la vez cuestionan las políticas de sobreexplotación de nuestro paisaje, entendiendo que deberíamos poder caminar siempre en paisajes que nos identifiquen, nos definan y nos hagan sentir en sincronía con nuestro entorno, y no en lugares a los que se les ha robado el alma quedando en un estado de indeterminación que los aproxima a la nada.